Cuando la tormenta entra en casa

Cuando la tormenta entra en casa

Cuando una crisis de tu hijo te desborda, el cerebro te hace creer que no puedes más y que aquello no terminará nunca. Pero hay una idea sencilla que puede cambiar cómo atraviesas esos momentos: no necesitas resolver la tormenta; solo recordar que, como todas las anteriores, también esta pasará.


Hay días en que el autismo se vuelve un viento fuerte dentro de las habitaciones.

Tu hijo grita.

Rompe algo.

Se tira al suelo.

Te golpea.

O se queda atrapado en un «no» tan grande que parece que el mundo entero se ha detenido.

Y entonces notas que algo también se rompe un poco dentro de ti.

La paciencia se hace pequeña.

El pecho se aprieta.

La cabeza se llena de ruido.

Y piensas:

«No puedo más.»

Pero escucha una cosa.

No eres un mal padre. No eres una mala madre.

Eres una persona que lleva mucho tiempo sosteniendo mucho peso.

En esos momentos, el cuerpo toca una campana de alarma. Todo parece urgente. Todo parece insoportable. Todo parece eterno.

Pero ni es eterno ni tienes que resolverlo todo en ese instante.

Cuando la tormenta llega, prueba a hacer cuatro cosas.

Primero: ponle nombre al dolor

Di para ti:

«Estoy desbordado.»

Nada más.

No digas:

«Soy un desastre.»

No digas:

«No sirvo para esto.»

Di solamente la verdad.

«Estoy desbordado.»

Las tormentas tienen nombre. Y las emociones también.

Después: deja de pelearte con lo que sientes

La rabia está.

El cansancio está.

Las ganas de salir corriendo están.

No las has invitado, pero han llegado.

A veces sufrimos dos veces: una por lo que ocurre y otra por exigirnos no sentir lo que sentimos.

No necesitas estar tranquilo.

No necesitas ser un héroe.

Necesitas respirar dentro de la tormenta.

Luego: recuerda algo que el miedo siempre olvida

Nada de esto se queda para siempre.

Mira hacia atrás.

Piensa en otras crisis.

En otros días en que creíste que habías llegado al límite.

Todas acabaron.

Todas.

Esta también acabará.

Quizá dentro de diez minutos. Quizá dentro de una hora.

No lo sabes.

Pero sabes algo más importante:

Terminará.

Y a veces esa idea es como una pequeña lámpara encendida en mitad de la noche.

«No sé cuánto durará, pero sé que terminará.»

Y, por último, reduce el mundo

No pienses en mañana.

No pienses en el próximo verano.

No pienses en todos los años que quedan.

El dolor se vuelve inmenso cuando intentamos cargar con todo el futuro a la vez.

Piensa solo en el siguiente instante.

Pregúntate:

«¿Qué necesito para atravesar los próximos diez minutos?»

Quizá sentarte.

Quizá beber agua.

Quizá guardar silencio.

Quizá simplemente esperar.

Porque, en ocasiones, ser padre o madre de un hijo con autismo no consiste en apagar la tormenta.

Consiste en saber que, aunque el viento sea fuerte y la noche parezca larga, ninguna tormenta ha conseguido quedarse a vivir para siempre.

Y mientras esperas a que amaine, háblate con la misma ternura con la que hablarías a alguien que quieres:

«Esto es mucho. Estás cansado. Te está doliendo. Pero aguanta un poco más.

La ola bajará.

Porque siempre acaba bajando.»