¿Cómo influyen nuestras creencias y actitudes en nuestra capacidad para entender y acompañar a nuestros hijos con autismo?


Bienvenidos a un nuevo episodio del canal de AFTEA, la Asociación de Familias con Trastorno del Espectro Autista. Soy Roberto, padre de un niño con autismo, psicólogo en formación y apasionado de buscar herramientas que mejoren nuestra calidad de vida familiar. Podéis encontrarnos en nuestra web www.trastornodelespectroautista.com, donde seguimos compartiendo conocimiento, reflexiones y recursos útiles.

Hoy os propongo un tema para pensar juntos: nuestras creencias y actitudes. Sí, esas ideas que a veces ni cuestionamos, pero que dirigen nuestras decisiones y comportamientos como padres. ¿Cómo nos afectan a la hora de interpretar las necesidades de nuestros hijos? ¿Qué tanto influyen en nuestras expectativas, en cómo definimos el éxito o incluso en cómo lidiamos con los desafíos diarios?

Pensemos en algo. ¿Cómo nos sentimos cuando nos dicen que “es necesario cambiar”? Tal vez lo asociamos con la sensación de que no estamos haciendo las cosas bien. Pero, ¿y si entendemos el cambio como una oportunidad de aprender y crecer? ¿Cómo se reflejaría eso en la forma en que interactuamos con nuestros hijos?

Según algunos modelos psicológicos, como la teoría de la acción razonada, nuestras actitudes hacia una acción y la percepción de cómo será vista por otros influyen en nuestra disposición a realizarla. Por ejemplo, si pensamos en terapias o actividades que pueden beneficiar a nuestros hijos, ¿cómo influyen nuestras expectativas sobre los resultados? ¿Creemos que tendrán un impacto positivo? ¿O tal vez nos preocupa cómo seremos juzgados por priorizar determinadas cosas?

Quiero proponerte algo: ¿qué pasaría si en lugar de centrarnos en cómo otros ven nuestras decisiones, pensáramos en qué es lo más importante para nuestras familias? Reflexionemos sobre ello: ¿Qué valores nos guían como padres? ¿Qué es lo que realmente queremos para nuestros hijos más allá de cumplir con estándares externos?

Otro aspecto importante que menciona la psicología de la salud es la influencia de las fuentes en las que confiamos. Muchas veces buscamos respuestas en expertos, libros o incluso redes sociales. Pero, ¿qué sucede cuando esas respuestas no encajan con la realidad única de nuestro hogar? ¿Qué fuentes solemos considerar más creíbles y por qué? ¿Cómo sabemos que lo que aprendemos es realmente aplicable a nuestro contexto familiar?

Pensemos en esto: ¿qué harías si alguien te dijera que un cambio importante en la vida de tu hijo depende más de cómo se sienta respecto a él mismo que de cualquier otra cosa? La teoría social cognitiva nos dice que las creencias de autoeficacia, es decir, la confianza en nuestra capacidad para enfrentar situaciones, son fundamentales. ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a desarrollar esa confianza? Y, al mismo tiempo, ¿cómo podemos fortalecer nuestra propia sensación de autoeficacia como padres?

Quiero que visualices un momento de desafío reciente con tu hijo. Puede ser una crisis, un cambio inesperado en la rutina, o incluso una dificultad para comunicarse. Ahora pregúntate: ¿qué emociones estaban en juego en ese momento? ¿Las tuyas y las de tu hijo? ¿Cómo influyeron esas emociones en las decisiones que tomaste? ¿Qué harías igual y qué cambiarías?

También te invito a considerar cómo manejamos nuestras propias expectativas y temores. A menudo, el miedo puede paralizarnos, pero también puede ser un motor de cambio. ¿Qué ocurre cuando sentimos que no tenemos todas las respuestas? ¿Cómo podemos transformar esa sensación en curiosidad para aprender más sobre nuestros hijos y sus necesidades?

Ahora, quiero que reflexionemos sobre la importancia de los pequeños logros. Como padres, a veces nos enfocamos tanto en los grandes objetivos que olvidamos celebrar los pasos intermedios. ¿Qué logros recientes de tu hijo te han hecho sentir orgullo? ¿Cómo lo has celebrado? Y, aún más importante, ¿qué papel crees que tu apoyo ha jugado en ese logro?

Ahora que hemos hablado de creencias, actitudes y autoeficacia, déjame preguntarte algo más. ¿Te has detenido alguna vez a analizar cómo las experiencias de tu infancia o las expectativas que alguna vez tuvieron sobre ti pueden estar influyendo en la manera en que crías a tu hijo? A veces, cargamos con creencias heredadas de generaciones anteriores, creencias que, sin darnos cuenta, guían nuestras decisiones como padres. ¿Cuántas de esas ideas realmente te representan hoy? ¿Y cuántas has asumido sin cuestionarlas?

Reflexionar sobre esto no es tarea sencilla, pero es liberador. Por ejemplo, cuando nuestros hijos tienen comportamientos desafiantes, ¿de dónde viene nuestra respuesta emocional? ¿Es fruto de la preocupación por su bienestar o, tal vez, de una presión social que nos hace temer cómo los demás lo interpretarán? ¿Qué pasaría si nos diéramos permiso para dejar a un lado esa presión externa y enfocarnos exclusivamente en lo que es mejor para ellos?

Otra cuestión clave es cómo gestionamos el estrés dentro del contexto familiar. Cuidar de un niño con autismo puede ser, en ocasiones, agotador. Y aquí te hago una pregunta fundamental: ¿cómo te cuidas tú para poder cuidar mejor a tu hijo? Muchas veces, la respuesta que escucho es: «No tengo tiempo», «Mi prioridad es mi hijo». Pero, ¿cómo influye el desgaste físico o emocional en la calidad de atención que le das? ¿Qué pequeño cambio podrías hacer esta semana para recargar tu energía?

Pensemos en esto desde otro ángulo. Cuando priorizas tu bienestar, ¿qué mensaje le estás enviando a tu hijo? Tal vez algo como: «Cuidarse es importante», «Todos en esta familia somos valiosos». ¿Qué efecto tendría esto en su desarrollo?

Ahora, volvamos a nuestros hijos. ¿Cuánto tiempo dedicamos a observarlos sin expectativas previas? Me refiero a realmente mirar, escuchar, interpretar sus gestos, sus ritmos, sus intereses. ¿Cómo sería dedicar un rato cada día solo a observar, sin intervenir, sin intentar cambiar nada, simplemente para conocer mejor quién es tu hijo en este momento de su vida? ¿Qué podrías aprender de él?

Quiero compartirte otra idea importante: la comunicación. Para muchos de nuestros hijos, la comunicación no siempre ocurre de la manera convencional. Pero, ¿qué significa realmente «comunicarse»? ¿Es solo hablar? ¿O se trata de encontrar formas de entender y ser entendidos? Si hoy eligieras un solo gesto o acción de tu hijo y trataras de descubrir qué está intentando decirte, ¿qué crees que podrías encontrar?

Y hablando de comunicación, ¿cómo la gestionamos dentro de la familia? A menudo, los hermanos de un niño con autismo también tienen su propio viaje emocional. ¿Cuánto espacio les damos para expresar lo que sienten? ¿Cómo podríamos asegurarnos de que se sientan escuchados y valorados, mientras intentamos equilibrar las demandas del día a día?

Otro aspecto que merece nuestra atención es el manejo de las expectativas. Muchas veces, queremos que nuestros hijos progresen en un área concreta: el lenguaje, la autonomía, las habilidades sociales. Y, cuando no vemos avances inmediatos, es fácil sentirnos frustrados o pensar que estamos fallando. Pero, ¿qué pasaría si cambiamos la pregunta? En lugar de «¿Cuánto está progresando mi hijo?», podríamos preguntarnos: «¿Cómo puedo celebrar lo que ya es y lo que ya ha logrado?» ¿Cómo cambiaría esto nuestra perspectiva?

Pensemos también en nuestra comunidad. ¿Qué tan conectados estamos con otros padres que viven realidades similares? A veces, compartimos más con profesionales que con otros padres. Pero, ¿cuánto podríamos aprender del intercambio con personas que entienden, desde su propia experiencia, lo que significa tener un hijo con autismo? ¿Qué podrías ganar si dedicases un tiempo a construir o fortalecer esas conexiones?

Ahora quiero hablarte de la paciencia, no solo hacia nuestros hijos, sino también hacia nosotros mismos. ¿Cuántas veces nos exigimos ser perfectos, tener siempre la respuesta correcta, nunca equivocarnos? ¿Qué tan compasivo eres contigo mismo cuando las cosas no salen como esperabas? ¿Qué podrías decirte en esos momentos para recordarte que lo estás haciendo lo mejor que puedes?

¿Alguna vez has pensado en la influencia que tienen las palabras que escuchamos, leemos o incluso nos decimos a nosotros mismos en cómo vivimos la experiencia de ser padres? Cuando se trata de niños con autismo, el lenguaje que utilizamos para hablar sobre ellos, sobre sus necesidades y sobre nosotros mismos puede marcar una gran diferencia. Entonces, te pregunto: ¿cómo te hablas a ti mismo cuando las cosas no salen como esperabas? ¿Te juzgas o buscas aprender de la experiencia?

Los expertos en psicología de la salud nos hablan de la comunicación persuasiva y su impacto en nuestras actitudes. Por ejemplo, cuando alguien nos ofrece un consejo o una estrategia, ¿cómo reaccionamos? ¿Estamos abiertos a considerar esa idea, o sentimos que cuestiona nuestra forma de hacer las cosas? Y si la comunicación está cargada de emociones —como el miedo o la culpa—, ¿eso nos motiva a cambiar o nos bloquea? Tal vez valga la pena reflexionar: ¿cómo podemos recibir las opiniones de otros sin que nos hagan dudar de lo que sabemos que es mejor para nuestra familia?

Quiero que pensemos también en cómo modelamos el cambio en casa. Bandura, en su teoría del aprendizaje social, nos dice que aprendemos observando a los demás. Ahora bien, como padres, somos los modelos más importantes para nuestros hijos. Entonces, ¿qué ven ellos en nosotros? ¿Cómo manejamos nuestras emociones frente a los desafíos? Si queremos que nuestros hijos desarrollen habilidades de afrontamiento, ¿qué ejemplo les estamos dando?

Esto me lleva a otra reflexión: ¿qué papel juega el entorno social en nuestras decisiones como familia? Muchas veces, sentimos la presión de encajar en ciertas normas sociales, de demostrar que “estamos haciendo lo correcto” con nuestros hijos. Pero, ¿cómo nos afecta esta presión? ¿Nos impulsa a tomar decisiones más informadas, o nos desconecta de lo que realmente necesitamos? Piensa en tu comunidad, en las personas que están cerca de ti. ¿Te sientes apoyado? ¿Cómo podrías fortalecer esas redes para que sean un recurso y no una fuente de estrés?

La era digital ha traído nuevas posibilidades para encontrar información y apoyo. Internet puede ser un aliado poderoso, pero también un espacio donde el exceso de información puede abrumarnos. Entonces, me pregunto: ¿cómo eliges las fuentes en las que confías? ¿Qué criterios usas para decidir qué aplicar en tu familia y qué descartar? Aquí, la psicología de la salud nos invita a buscar siempre información respaldada científicamente. Pero también nos recuerda que ninguna estrategia será válida si no tiene sentido para nuestra realidad particular. ¿Qué has aprendido en línea que realmente haya cambiado la forma en que entiendes a tu hijo?

Pasemos ahora a otro punto importante: los cambios. En la vida con nuestros hijos, los cambios son constantes. A veces vienen de afuera, como una nueva terapia, y otras veces los provocamos nosotros al probar algo diferente. Pero, ¿cómo sostenemos esos cambios? Los modelos transteóricos de cambio de comportamiento nos enseñan que avanzar no es un proceso lineal; hay momentos de progreso y otros de retroceso. Entonces, cuando una estrategia parece no estar funcionando, ¿cómo reaccionas? ¿La abandonas, o la ajustas para que se adapte mejor a tu hijo? ¿Qué te dice tu intuición como madre o padre en esos momentos?

El mantenimiento del cambio también requiere autoeficacia, esa sensación de que podemos manejar lo que venga. Y aquí te pregunto: ¿cuándo fue la última vez que celebraste algo que hiciste bien como padre o madre? Tal vez no fue algo grande, pero ¿qué tan importante fue para tu hijo? ¿Cómo puedes reforzar esa confianza en tus capacidades, sabiendo que eres la persona que mejor lo conoce?

Quiero cerrar con una reflexión sobre el equilibrio entre cuidar de nuestros hijos y cuidar de nosotros mismos. En nuestra búsqueda por darles lo mejor, a veces dejamos de lado nuestras propias necesidades. Pero, ¿qué mensaje les estamos dando si no nos cuidamos? ¿Cómo podrían interpretar el hecho de que siempre estamos agotados o que nunca tomamos un momento para nosotros? ¿Y qué podrías hacer hoy, algo pequeño, para recuperar ese equilibrio?

Cada pregunta que te he planteado hoy no busca una respuesta inmediata ni una acción concreta. Mi intención es invitarte a reflexionar, a abrir un espacio en tu mente y en tu corazón para mirarte con amabilidad y curiosidad, igual que intentamos hacer con nuestros hijos.

Gracias por acompañarme en esta conversación. Si algo de lo que hemos reflexionado hoy te ha sido útil, te invito a compartirlo con otros padres que puedan beneficiarse de este diálogo. Recordemos que no hay un único camino, pero sí muchas formas de aprender y crecer juntos.

Nos vemos en el próximo episodio, donde seguiremos explorando herramientas y conocimientos para mejorar nuestra calidad de vida familiar. Hasta entonces, sigue observando, escuchando y aprendiendo de tu hijo, porque cada día nos enseña algo nuevo.