Bienvenidos a un nuevo episodio del canal de podcasts de la Asociación de Familias con Trastorno del Espectro Autista, AFTEA. Soy Roberto, padre de un niño con autismo, y estoy aquí para compartir reflexiones que nos acerquen al conocimiento y a la comprensión de nuestros hijos. Este espacio es para nosotros, madres y padres, un lugar donde convertir la experiencia diaria en aprendizajes que sumen a nuestra calidad de vida familiar. Si aún no conoces nuestra web, te invito a visitarla en www.trastornodelespectroautista.com.
Hoy quiero que exploremos juntos una idea clave: ¿cómo influye el conocimiento en nuestra relación con nuestros hijos? Pero no cualquier tipo de conocimiento. Hablo de ese que nos lleva a hacernos preguntas, a observar con atención y a buscar respuestas que estén realmente conectadas con la realidad que vivimos día a día.
Pensemos en esto: ¿qué significa realmente conocer a nuestros hijos? ¿Es suficiente saber que tienen autismo o qué diagnósticos específicos tienen? ¿O se trata de algo más profundo?
Muchas veces, cuando recibimos el diagnóstico, nos sentimos abrumados. Quizá recuerdes ese momento como un torbellino de emociones y dudas. Yo lo viví así, y estoy seguro de que no soy el único. Pero quiero que te detengas un momento y te preguntes: desde ese día hasta hoy, ¿cómo ha cambiado tu perspectiva sobre tu hijo? ¿Cómo han evolucionado tus expectativas, tus metas y tu manera de acompañarle?
La psicología nos dice que el conocimiento transforma. Y no solo nos transforma a nosotros como individuos, sino que cambia la dinámica de nuestras familias. Saber más sobre cómo funciona el cerebro, cómo nuestras emociones influyen en nuestras acciones o cómo se desarrollan las habilidades sociales, nos abre puertas para comprender mejor lo que vemos en casa.
Pero aquí está la pregunta clave: ¿conocer nos lleva a actuar de manera diferente? Por ejemplo, si sabes que tu hijo tiene dificultades para interpretar el lenguaje no verbal, ¿qué haces con esa información? ¿Te tomas un momento para pensar en cómo adaptarte? ¿O sigues esperando que sea él quien se adapte al mundo?
Quiero compartirte un caso que podría conectar contigo. Piensa en un niño que evita mirar a los ojos. Para algunos padres, esto puede ser motivo de preocupación o incluso de frustración. Pero, ¿y si supieras que evitar el contacto visual no siempre significa desinterés, sino que puede ser una manera de autorregularse en momentos de sobreestimulación? ¿Cambiaría eso tu percepción? ¿Cambiaría la forma en que le acompañas en esos momentos?
Aquí entra el arte de la observación. ¿Te has detenido a observar realmente cómo se siente tu hijo en diferentes situaciones? ¿Qué señales te da su cuerpo, su expresión, su tono de voz? ¿Y cómo respondes tú a esas señales? ¿Desde la calma, desde el agotamiento, desde la incertidumbre?
Quiero hacerte una invitación. La próxima vez que enfrentes un reto con tu hijo, pregúntate: ¿qué me está mostrando esta situación sobre lo que necesita? ¿Qué puedo aprender yo de esto, no como padre o madre perfecta, sino como alguien que también está creciendo junto a él?
La psicología nos enseña que no hay un único camino correcto. No hay recetas mágicas. Cada familia es un mundo. Y eso, lejos de ser una limitación, es una oportunidad para encontrar las respuestas que mejor se adapten a nuestra realidad. Pero esas respuestas no siempre vienen solas. Necesitan tiempo, curiosidad y, sobre todo, disposición para cambiar.
A veces, el conocimiento puede parecer abrumador. Hay libros, terapias, opiniones de expertos, teorías y prácticas. Pero quiero que te hagas una pregunta: ¿qué conocimientos conectan contigo? ¿Qué ideas realmente sientes que puedes aplicar y que hacen sentido en tu vida cotidiana? Porque no se trata de hacer todo perfecto. Se trata de dar pasos que sumen, aunque sean pequeños.
Ahora quiero que le dediques unos minutos a esta reflexión: ¿qué significaría para ti que tu hijo se sintiera comprendido, en lugar de corregido? ¿Qué pasos puedes dar hoy para acercarte más a esa comprensión? No tienes que tener todas las respuestas ahora mismo, pero cada pregunta que te hagas te acerca un poco más.
Ahora bien, reflexionemos sobre cómo tomamos decisiones como padres. En muchas ocasiones, nos encontramos en situaciones en las que necesitamos decidir rápidamente: ¿intervenimos en ese momento de frustración? ¿Esperamos y dejamos que nuestro hijo maneje sus emociones a su manera? ¿Cuántas veces nos hemos preguntado: «¿Estoy haciendo lo correcto?»
Aquí quiero proponerte algo que a mí me ha ayudado mucho: el arte de observar antes de actuar. ¿Cuántas veces actuamos desde el automatismo, desde la emoción del momento, sin detenernos a analizar? La psicología nos enseña que las decisiones impulsivas pueden generar respuestas inmediatas, pero no siempre las más adecuadas a largo plazo. ¿Qué pasaría si te dieras un pequeño respiro en esos momentos y reflexionaras? Por ejemplo, ¿qué necesita mi hijo en este instante? ¿Estoy respondiendo a su necesidad o a mi propia emoción?
Pensemos en los diseños de intervención en psicología que trabajan con el análisis de las conductas observadas. Estos diseños, aunque suenen académicos, tienen un paralelismo con nuestra vida cotidiana. Para intervenir en una situación compleja, primero necesitamos comprender los factores que la rodean. ¿Te has detenido alguna vez a analizar qué ocurre antes de que tu hijo tenga un episodio de ansiedad o enojo? ¿Qué desencadenantes hay? ¿Qué patrones se repiten?
Por ejemplo, en casa, uno de los momentos más desafiantes puede ser la hora de sentarse a comer. ¿Qué pasa si tu hijo evita ciertos alimentos o se levanta constantemente de la mesa? Puede que lo veas como un comportamiento desafiante, pero ¿y si te preguntas: «¿qué está tratando de comunicarme con esto?» Quizás el ambiente es demasiado ruidoso, o el plato tiene una textura que no tolera. ¿Qué estrategias podrías probar para que ese momento sea más llevadero para ambos?
La psicología de la salud nos habla de la importancia de evaluar las situaciones no solo desde el problema en sí, sino desde el contexto. Aquí entra una de las herramientas más valiosas que puedes desarrollar: la autoevaluación como padre o madre. ¿Cómo te sientes en esos momentos difíciles? ¿Qué emociones surgen en ti? ¿Cómo gestionas esas emociones y qué impacto tienen en tu respuesta hacia tu hijo? No se trata de juzgarnos, sino de conocernos mejor. Porque cuanto más conscientes somos de nuestras propias emociones, más efectivos podemos ser en acompañar a nuestros hijos.
Y esto me lleva a una pregunta crucial: ¿estás cuidando tu salud emocional? A menudo, como padres de niños con autismo, nos enfocamos tanto en sus necesidades que dejamos las nuestras de lado. Pero la psicología nos recuerda que no podemos cuidar de otros si no nos cuidamos primero a nosotros mismos. ¿Cuánto tiempo te permites al día para respirar, para conectar contigo mismo, para recargar energías? ¿Podrías dedicarte al menos unos minutos diarios para reflexionar sobre lo que has aprendido hoy, sobre lo que podrías mejorar mañana?
Por último, quiero que te plantees el impacto de las pequeñas acciones. A veces creemos que necesitamos grandes cambios para marcar una diferencia, pero la verdad es que son los pequeños ajustes, los momentos de conexión genuina, los que transforman nuestra dinámica familiar. ¿Qué pequeño paso podrías dar hoy para acercarte más a tu hijo, para comprenderle mejor, para comunicarle que estás ahí, siempre?
Gracias por acompañarme en este episodio. Espero que estas reflexiones te hayan inspirado a mirar con otros ojos a tu hijo y a ti mismo. Si quieres saber más sobre nuestra asociación y los recursos que ofrecemos, no olvides visitar nuestra web, www.trastornodelespectroautista.com. Nos escuchamos en el próximo episodio, donde seguiremos construyendo juntos este espacio de aprendizaje y apoyo.